Creado por Jamie Groh, especialista en relaciones públicas para UF/IFAS.

Según una nueva investigación a largo plazo realizada en colaboración con especialistas del University of Florida Institute of Food and Agricultural Sciences, es posible identificar señales tempranas durante el primer año de vida que podrían indicar qué personas tendrían mayor probabilidad de desarrollar obesidad en el futuro.
El estudio forma parte de una colaboración más amplia con investigadores de la Universidad de Linköping, liderada por Johnny Ludvigsson, quien estableció en Suecia un grupo de investigación conocido como la cohorte de “Todos los bebés del sureste de Suecia” o ABIS, por sus siglas en inglés.
Publicado en una revista de la Sociedad Estadounidense de Microbiología, el estudio monitoreó a un amplio grupo de niños de esta cohorte desde el nacimiento hasta la edad adulta durante más de dos décadas, analizando cómo los factores de la primera etapa de la vida se relacionan con los resultados de salud en el futuro.
Los investigadores analizaron muestras de sangre obtenidas al nacer y bacterias intestinales provenientes de heces recolectadas alrededor del año de vida, antes de que la dieta infantil comenzara a diversificarse de forma significativa. Encontraron que los niños que más adelante desarrollaron obesidad ya presentaban diferencias biológicas sutiles en etapas tempranas de la vida, entre ellas cambios en determinadas proteínas sanguíneas y en la composición de las bacterias del sistema digestivo.
Algunas de estas señales tempranas parecían ser independientes del peso de los padres, lo que sugiere que el riesgo de obesidad no puede explicarse únicamente por la herencia familiar o por factores relacionados con el estilo de vida. Sin embargo, al combinar estos marcadores biológicos con información básica, como el peso de los padres, se mejoró la capacidad de predecir el riesgo a largo plazo.
“Esto no significa que la obesidad esté predeterminada o sea inevitable, sino que existe una cierta vulnerabilidad”, afirmó Angelica Ahrens, autora principal del estudio e asistente de investigación de microbiología en UF/IFAS. “Nos preguntamos: ‘¿Se puede intervenir sobre esa vulnerabilidad para ayudar a esos niños, apoyar su metabolismo y evitar que desarrollen obesidad?’”.

Los hallazgos sugieren que el riesgo de obesidad podría comenzar antes de lo que se pensaba, lo que abre oportunidades para la detección y la prevención tempranas. En particular, el primer año de vida podría representar un periodo clave para identificar ese riesgo y aplicar medidas que favorezcan un desarrollo saludable.
“Varios de los marcadores proteicos que identificamos se han asociado con la resistencia a la insulina, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2 y la desregulación metabólica. Sin embargo, por lo general, los estudios sobre estos marcadores se han realizado en adultos que ya presentan estas afecciones”, explicó Ahrens. “Una diferencia clave de este estudio es que analizamos estas proteínas desde el nacimiento del niño”.
Los investigadores también encontraron que la combinación de datos biológicos tempranos con herramientas analíticas avanzadas mejoraba la capacidad de predicción. Mediante modelos de aprendizaje automático, el equipo logró identificar con mayor precisión patrones relacionados con el desarrollo posterior de la obesidad.
“Gracias a la colaboración institucional y el apoyo de NVIDIA, pudimos integrar estos marcadores en un modelo de aprendizaje automático”, agregó Ahrens. “Sin ello, habría requerido mucho más tiempo ajustar los modelos y obtener resultados claros. La incorporación de estos marcadores biológicos aumentó la capacidad predictiva y la precisión de nuestros modelos, mucho más allá de lo que se obtiene con datos de cuestionarios y factores ambientales durante la primera etapa de la vida por sí solos”.
“Comprender de qué manera estos marcadores presentes desde el nacimiento y la infancia influyen en el riesgo, junto con factores como la ingesta de carbohidratos o el sedentarismo en la primera etapa de la vida, es un área de interés para futuras investigaciones”, añadió Ahrens.
Si bien los hallazgos aún no se traducen en herramientas de detección clínica, sugieren la posibilidad de identificar de forma más temprana a los niños en riesgo y de desarrollar estrategias que contribuyan a promover mejores resultados de salud a largo plazo.
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Traducido al español por Luz Bahder luzdenia@ufl.edu
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Imagen destacada: Bebé comiendo frutas y vegetales. Imagen de AdobeStock_182521331. Fotografía de anaumenko. Fotografía utilizada bajo licencia.
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